Cuando el miedo a crecer se instala en la pareja
Todos conocemos a alguien que se resiste a crecer. Esa persona que evita responsabilidades, que convierte cada plan en una aventura, pero que desaparece cuando toca comprometerse. A veces, ese “eterno adolescente” no está solo en los cuentos: vive entre nosotros, y puede incluso dormir en nuestra cama.
Aunque el síndrome de Peter Pan no es un diagnóstico clínico reconocido en los manuales de psiquiatría, sí describe un patrón psicológico muy real. El término fue acuñado en los años 80 por el psicólogo Dan Kiley, que observó a adultos aparentemente funcionales, pero emocionalmente inmaduros, dependientes y con gran dificultad para asumir compromisos.
Cuando crecer da miedo
En esencia, hablamos de personas que evitan las responsabilidades propias de la edad adulta, ya sea en el trabajo, en la gestión emocional o en las relaciones. Suelen mostrarse encantadoras, entusiastas y carismáticas, pero tras esa fachada alegre suele haber un profundo miedo a fracasar o a decepcionar. La estrategia inconsciente es simple: si no me comprometo, no puedo fallar.
Desde la psicología evolutiva, este patrón se relaciona con una etapa de desarrollo emocional incompleta.
Durante la infancia, algunos aprendieron que los adultos siempre estaban ahí para resolver; otros crecieron en entornos sobreprotectores o con pocas oportunidades de autonomía. Al llegar a la adultez, carecen de herramientas internas para sostener frustraciones, tomar decisiones o tolerar el error.
La cultura contemporánea tampoco ayuda. Vivimos en una sociedad que idealiza la juventud, premia la inmediatez y evita el esfuerzo. Las redes sociales refuerzan la ilusión de una vida sin límites ni consecuencias.
Crecer, en ese contexto, parece casi una pérdida: de tiempo, de atractivo o de libertad.
Cuando Peter Pan tiene pareja
El síndrome de Peter Pan no afecta solo a quien lo padece, sino también a quienes conviven con él. En consulta, escucho a menudo frases como:
“Siento que tengo otro hijo, no una pareja o “Todo lo divertido corre de su cuenta, pero los problemas son siempre míos.”
Las parejas de un Peter Pan emocional suelen adoptar un rol complementario: el de Wendy. Son responsables, empáticas, protectoras. Intentan compensar la falta de madurez del otro asumiendo más de lo que les corresponde.
Pero con el tiempo, este desequilibrio pasa factura. La relación se convierte en un circuito de agotamiento: uno cuida, el otro evade.
Además, el “Peter Pan” suele huir del conflicto. Si algo se complica, recurre al silencio, la ironía o incluso la desaparición emocional. Tienden a evitar cualquier conversación que implique compromiso o límites.
El resultado es una relación con una fuerte asimetría afectiva: uno crece, el otro se estanca.
Lo que hay detrás del vuelo de Peter Pan
Bajo esa aparente despreocupación suele esconderse miedo, dependencia y una autoestima frágil.
Estas personas no rehúyen la madurez por capricho, sino por temor a perder el control. Les cuesta tolerar la frustración, aceptar la vulnerabilidad y sostener la incertidumbre.
El problema no es querer seguir jugando, sino hacerlo desde el miedo a asumir quién se es y lo que se siente.
Desde la psicología del apego, es común encontrar modelos inseguros o evitativos: vínculos tempranos en los que no se desarrolló una base de confianza estable.
En la adultez, esto se traduce en relaciones superficiales, en la necesidad constante de validación y en un miedo latente a ser “atrapados” emocionalmente.
¿Se puede cambiar?
Sí, pero requiere un trabajo profundo. Crecer —en el sentido psicológico— no ocurre de golpe ni con fuerza de voluntad, sino a través del autoconocimiento y la responsabilidad emocional. La terapia ayuda a reconocer los propios miedos, revisar los modelos aprendidos y aprender a sostener la frustración sin huir.
Un paso importante es reconciliarse con la adultez. Ser adulto no significa perder la alegría ni la espontaneidad, sino integrar la capacidad de disfrutar con la de responder.
Madurez no es resignación, sino libertad para elegir y para sostener lo elegido.
Y si convives con un Peter Pan…
No todo está perdido, pero es importante no caer en el papel de Wendy. La pareja no puede ni debe “rescatar” al otro. El cambio solo ocurre cuando hay conciencia y deseo de hacerlo. Algunas pautas útiles:
- Evita la sobreprotección. Cuanto más cubras sus carencias, menos las verá. Deja que asuma las consecuencias de sus actos.
- Pon límites claros. No desde la imposición, sino desde la coherencia: “Esto no puedo sostenerlo yo sola”.
- Habla desde la emoción, no desde la queja. Expresar cómo te sientes genera más impacto que enumerar reproches.
- No te responsabilices de su crecimiento. Puedes acompañar, pero no empujar. Cada uno tiene su propio proceso.
- Cuida tu propio espacio emocional. Las relaciones asimétricas agotan; mantener tu equilibrio es esencial.
Crecer sin dejar de volar
Madurar no significa perder la magia. Significa aprender a combinar la ligereza con el compromiso, el juego con la responsabilidad. El verdadero crecimiento emocional no mata al niño interior, sino que lo integra.
Quizá todos tengamos algo de Peter Pan: el deseo de no perder la ilusión ni la libertad. Pero cuando ese impulso se convierte en una fuga constante, la vida —y el amor— se quedan suspendidos en el aire.
Crecer, en realidad, también es una forma de volar. Solo que esta vez, con las alas propias.
Patricia de Bustos, Psicóloga colegiada M-31562
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