¿Es mi amig@ de verdad?

¿Es mi amig@ de verdad?

Hay amistades que se sienten fáciles. No perfectas, pero sí tranquilas.

Puedes hablar, cambiar de opinión, desaparecer unos días o contar algo importante sin pensar demasiado cómo hacerlo. Y luego hay otras que cuestan más identificar.

No porque haya grandes discusiones. Ni porque alguien sea necesariamente “malo”. De hecho, muchas veces son amistades largas, importantes, incluso muy queridas.

Pero algo pasa.

  • Sales más cansado que tranquilo después de quedar.
  • Piensas demasiado antes de contar algo bueno que te ha pasado.
  • Minimizas tus logros para no incomodar.
  • Sientes alivio cuando cancelan planes.
  • Sientes culpa por alejarte, aunque “en realidad no haya pasado nada grave”.

Y quizá ahí empieza la pregunta.

A veces no nos preguntamos si una amistad nos hace bien… hasta que deja de sentirse segura

Estamos muy acostumbrados a pensar las amistades desde la lealtad o el tiempo compartido. “Nos conocemos desde siempre” parece, muchas veces, razón suficiente para mantener un vínculo.

Pero también es cierto que las relaciones también cambian. Y nosotros cambiamos dentro de ellas.

A veces crecemos, ponemos límites, dejamos de ocupar el papel de “el que escucha”, “el que siempre está”, “el que nunca se enfada” o “el gracioso del grupo”. Y entonces el vínculo empieza a tensarse. No siempre de forma evidente.

Hay momentos en los que simplemente notas que ya no puedes ser tan espontáneo. Que hay cosas que prefieres no contar.

Que te sientes juzgado, pequeño o fuera de lugar sin saber explicar exactamente por qué.

Y eso también importa.

Cuando el humor invalida más de lo que une

Una de las cosas más difíciles de detectar en las amistades es la invalidación emocional disfrazada de normalidad. Comentarios como:

  • “Qué exagerado eres.”
  • “No es para tanto.”
  • “Era broma.”
  • “Todo te afecta.”
  • “Qué intenso eres.”

Muchas veces aparecen envueltos en humor, sarcasmo o confianza. Y precisamente por eso cuesta ponerles nombre.

Marsha Linehan, creadora de la Terapia Dialéctico Conductual (DBT), desarrolló ampliamente el concepto de invalidación emocional: experiencias repetidas en las que una persona siente que lo que piensa, siente o expresa es minimizado, ridiculizado o constantemente cuestionado.

Y no, una amistad sana no implica estar de acuerdo en todo ni evitar cualquier conflicto.

Pero sí debería permitirte expresar cómo te sientes sin terminar cuestionando constantemente si estás exagerando.

Hay vínculos donde acabamos haciéndonos pequeños

No siempre el problema es lo que hacemos dentro de la relación, sino todo lo que dejamos de hacer para que siga funcionando:

  • Dejas de compartir ciertas cosas porque anticipas la reacción.
  • Dejas de mostrar ilusión para no parecer “demasiado”.
  • Dejas de expresar desacuerdo para evitar tensión.
  • Dejas de mostrarte vulnerable porque acabas sintiéndote juzgado o minimizado.
  • Dejas de sentir que puedes cambiar sin que eso incomode a la otra persona.

A menudo no ocurre de forma consciente. Simplemente empezamos a ocupar menos espacio, a mostrar menos partes de nosotros mismos, a adaptarnos a aquello que parece encajar mejor dentro del vínculo.

Porque, aunque nadie lo diga directamente, notas que si sigues siendo “el mismo de siempre” es mejor.

Y ahí aparece algo importante: algunas amistades no saben acompañar bien el cambio.

  • No toleran del todo que pongas límites.
  • Que tengas nuevas prioridades.
  • Que te vaya bien.
  • Que ya no necesites ocupar el mismo lugar dentro de la relación.

Y eso puede generar dinámicas muy sutiles: competitividad silenciosa, comentarios pasivo-agresivos, sensación de incomodidad cuando algo bueno te ocurre o conversaciones que siempre terminan girando alrededor de la otra persona.

No siempre hay mala intención detrás. A veces simplemente hay inseguridades, costumbres o formas de relacionarse aprendidas hace mucho tiempo.

Pero entenderlo no significa que no nos afecte.

No todos los vínculos tienen que ser profundos

No todas las personas que forman parte de nuestra vida tienen que convertirse en grandes amistades.

Hay amigos íntimos, hay compañeros de trabajo o de clase con los que compartimos momentos concretos.

Y hay personas con las que conectamos desde lo cotidiano, el humor o ciertos espacios de nuestra vida, sin necesidad de que exista una gran profundidad emocional. Y eso no tiene nada de malo.

No todos los vínculos están hechos para ocupar el mismo lugar. El problema no suele estar en que una relación sea más superficial, sino en sentir que no podemos ser nosotros mismos dentro de ella.

Porque, al final, algo importante en cualquier relación —profunda o no— es poder habitarnos con cierta tranquilidad.

No sentir que tenemos que medir constantemente lo que decimos, esconder partes de nosotros o adaptarnos tanto que terminemos desapareciendo un poco dentro del vínculo.

Una amistad sana no es perfecta, pero sí recíproca

Las amistades sanas no son aquellas donde nunca hay conflictos. Son aquellas donde puedes existir sin sentir que tienes que reducirte para mantener el vínculo.

Y aquí hay algo importante: revisar nuestras amistades no consiste solo en preguntarnos si tenemos buenos amigos.

También implica preguntarnos qué ofrecemos nosotros dentro de una relación.

  • ¿Escuchamos de verdad?
  • ¿Sabemos alegrarnos genuinamente por el otro?
  • ¿Permitimos que cambie?
  • ¿Respetamos sus límites?
  • ¿O solo estamos cómodos mientras ocupa el papel al que estamos acostumbrados?

Porque la reciprocidad no significa dar exactamente lo mismo todo el tiempo.

Significa que ambas personas puedan sentirse vistas, cuidadas y emocionalmente seguras dentro del vínculo.

Algunas investigaciones sobre relaciones y bienestar hablan incluso de vínculos que favorecen el crecimiento personal y permiten a las personas desarrollarse con mayor seguridad emocional.

Entonces, ¿cómo se siente una amistad que hace bien?

No necesariamente intensa. No necesariamente constante. Pero sí suficientemente segura.

Una amistad sana suele permitir poder ser tú sin estar continuamente calculando cuánto espacio ocupas.

Revisar una amistad no siempre significa romperla

Algunas veces significa hablar cosas que nunca se hablaron. Otras veces, tomar distancia.

Y otras, aceptar que hemos cambiado y que algunos vínculos quizá no han sabido crecer con nosotros.

Eso no convierte automáticamente a nadie en una mala persona.

Pero sí puede ayudarnos a entender por qué algunas relaciones, aunque importantes, dejan de sentirse como un lugar donde descansar.

Y si mientras lees esto te has reconocido en alguna parte, no significa necesariamente que estés rodeado de malas amistades.

Quizá simplemente estás empezando a prestar atención a cómo te sientes dentro de ellas.

Y eso también es importante.

OLGA VERONICA ZAMORA FLORES

Si al leer este artículo has sentido que algunas relaciones te remueven más de lo que te gustaría, puede ser un buen momento para detenerte y observar qué necesitas.

En Psicólogos en Majadahonda podemos ayudarte a entender mejor cómo te sientes dentro de tus vínculos, trabajar tus límites y acompañarte en el proceso de construir relaciones más sanas contigo y con los demás.

Empieza pidiendo una cita con nosotros o escríbenos a través de whatsapp

Cita
"Aunque nadie puede volver atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede comenzar ahora y hacer un nuevo final." — Carl Bardn

Ver otros artículos