¿Alguna vez te has escuchado decir “no sé lo que me pasa”, “no sé cómo explicarlo” o “de repente exploto y luego me siento fatal”?
¿Y el tan famoso “no me aguanto ni yo”? Vivir algo por dentro sin tener un lenguaje para explicarlo.
¿Lo reconoces?
Cuando las emociones no tienen nombre
Lo que probablemente ocurra es más simple y común de lo que parece: crecimos prácticamente sin educación emocional. Por lo general, no nos enseñaron a escuchar lo que sentimos ni a expresarlo de una manera coherente.
Y desde ese punto de partida, sucede algo clave: si no entiendes lo que te ocurre, no podrás regularlo ni comunicarlo al resto del mundo.
¿Por qué es tan importante la educación emocional?
Durante mucho tiempo, las emociones han sido tratadas como algo que había que controlar o minimizar. En muchos entornos, como el familiar o el profesional, por ejemplo, mostrar enfado era tener mal carácter, llorar era signo de debilidad y expresar afecto podía interpretarse como falta de firmeza. Lo ideal era funcionar desde la lógica del razonamiento, como si lo emocional fuera un ruido incómodo que había que silenciar.
Esta visión empezó a cambiar cuando en 1995 Daniel Goleman popularizó el concepto de inteligencia emocional. A partir de ahí, comenzó a entenderse algo clave: las emociones no son un obstáculo, todo lo contrario, son parte esencial nuestra toma de decisiones, nuestra motivación o de cómo nos relacionamos con nuestro contexto.
Son el sistema que organiza gran parte de nuestra experiencia. Y sin embargo, seguimos sin aprender a tenerlas en cuenta y a manejarlas desde pequeños. Ahí empieza gran parte del problema.
Qué son realmente las emociones (y por qué no puedes evitarlas)
Una emoción no es solo “sentir algo”. Es una reacción completa del organismo ante algo que ocurre fuera o dentro de ti. Puede ser una situación, un pensamiento, un recuerdo o incluso algo que todavía no ha pasado pero que imaginas.
Cuando aparece una emoción, el cuerpo se activa automáticamente: nuestra respiración cambia, se modifica el ritmo cardíaco, influyen en la tensión muscular o en la manera en cómo gesticulamos. Al mismo tiempo, aparecen los pensamientos y/o una tendencia a actuar de una manera concreta.
No hay que olvidar que cada emoción tiene un ¿para qué?. El miedo nos protege (huimos, nos defendemos, o nos bloqueamos), la rabia aparece cuando percibimos una injusticia o un límite vulnerado, y la tristeza nos invita a parar para reflexionar.
Todas las emociones nos movilizan hacia el cambio o a recuperar el equilibrio. No hay emociones buenas o malas, todas son útiles, aunque algunas resulten más agradables que otras. Se vuelven problemáticas cuando se activan con demasiada intensidad, aparecen constantemente o duran más de lo necesario.
También es importante distinguir entre emociones primarias (más automáticas y básicas), y las secundarias (ligadas a la experiencia y al contexto). A veces estas últimas ayudan a regular, como la culpa que frena una conducta impulsiva.
Pero otras veces complican más la situación: sentir ansiedad y, además, vergüenza por sentirla puede llevar a evitar, ocultar y juzgarse. En esos casos, la emoción secundaria no regula, sino que intensifica el malestar y puede mantenerlo en el tiempo.
¿Cómo gestionar el espacio entre sentir y actuar?
Si hay una idea principal que pudiésemos subrayare de todo este tema sería: no puedes elegir lo que sientes, pero sí qué haces con ello.
La educación emocional, en el fondo, consiste en fijarnos en ese pequeño espacio entre la emoción y la conducta. Tener el control para ensanchar ese espacio, tal y como señalaba Marsha Linehan en sus investigaciones sobre regulación emocional, y poder convertir un impulso automático en una respuesta más adaptativa.
Cuando ese espacio es muy pequeño, la respuesta es automática: explotas, te bloqueas, evitas. Y cuando ese espacio se amplía, aparece la posibilidad de elegir. Puedes seguir sintiendo rabia, pero no necesitas gritar. Puedes sentir miedo, pero no necesariamente paralizarte.
Porque cuando ese espacio existe la emoción deja de ser un enemigo y el cuerpo deja de ser un campo de batalla. Aparece algo mucho más útil: la capacidad de escucharte sin perderte dentro de lo que sientes. Se trata de estar mejor conectado.
Vale, entonces… ¿qué hago cuando no sé lo que siento?
El trabajo de autores como Gonzalo Hervás explica que este proceso tiene varias fases que suelen ocurrir de forma desordenada cuando no sabemos gestionarlas.
- Primero necesitas darte cuenta de que algo está pasando. Muchas veces el cuerpo lo sabe antes que tú: tensión, inquietud, un nudo en el estómago. Detectarlo es el primer paso.
- Después viene prestar atención. No ignorar lo que sientes ni taparlo con distracciones, sino observarlo con cierta curiosidad.
- Ponerle nombre a esa emoción. Es uno de los momentos más importantes. Pasar de “me siento mal” a “esto es frustración” o “esto es inseguridad” cambia mucho la experiencia interna. Nombrar organiza.
- Luego llega algo que cuesta especialmente: aceptar. Permitirte sentir sin luchar contra ello. Sin este paso, todo lo demás se bloquea.
- A partir de ahí puedes analizar y entender ¿para qué está aquí esta emoción? ¿Qué ha activado esa emoción?, ¿Qué significado tiene para ti? Muchas veces no reaccionamos solo al presente, sino a historias que se activan automáticamente y vuelven desde nuestro pasado.
- Y solo después de todo eso aparece la regulación real. Es en ese momento cuando puedes decidir qué hacer con lo que sientes. ¿Le grito al compañero que me ha tirado sin querer su café? ¿O hay otras alternativas de reacción más ajustadas a esa realidad?
La emoción no es ruido es información
No es sentir menos, sino entender mejor lo que nos pasa. Al aprender a reconocer, nombrar y dar sentido a nuestras emociones, el caos se ordena y lo que antes nos desbordaba se vuelve manejable.
Acudir a un profesional, además de ayudarnos a aceptar lo que ocurre y minimizar así el malestar, es fortalecer esa educación emocional que no recibimos a tiempo: una herramienta esencial para identificar nuestros patrones, entender por qué reaccionamos tal y como lo hacemos y aprender a regularnos, entre otras muchas cosas.
Lejos de ser un elemento superfluo, las emociones son el motor de nuestra supervivencia. La evidencia aportada por Paul Ekman, Lisa Feldman Barrett, Leslie S. Greenberg, Sue Johnson, James J. Gross, Rafael Bisquerra y Marsha Linehan es contundente: las emociones son nuestro sistema principal de guía y adaptación. No son un ruido que debamos silenciar, sino el mecanismo fundamental que nos permite vivir con coherencia. Aprender a gestionarlas es una competencia básica para nuestra vida.
Cristina Buhigas Schubert
Si te cuesta entender lo que sientes, si reaccionas de forma automática o si muchas veces acabas pensando “no sé qué me pasa”, pedir ayuda puede ser el primer paso para ordenar todo eso por dentro.
En Well Being Psicólogos Majadahonda te acompañamos para poner nombre a tus emociones, comprender tus patrones y aprender a regular lo que sientes de una forma más sana y consciente.
No se trata de sentir menos, sino de entenderte mejor.
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